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  • La Orgánica Studio

Mis mayores miedos

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El otro día estaba hablando con una amiga sobre cosas que nos dan miedo y qué hacemos para solucionarlo porque digo yo que no nos podemos quedar toda la vida temiendo lo mismo, ¿no? Habrá, por lo menos, que actualizarse y perder algunos para meter nuevos.


También te digo que yo tengo miedos que mantengo desde pequeña y no parece que tengan intención de irse. Por ejemplo: me dan miedo los payasos. Creo que es un miedo muy lógico, me vas a perdonar. Esas caras sonrientes pero a base de maquillaje pueden esconder debajo a cualquiera, como mínimo a un asesino en serie. En general, no me gusta la gente con máscaras, no me fío.


Lo curioso es que no se de dónde me viene este miedo. Nunca llegué a ver It, por ejemplo, ni me encontré el cadáver de un payaso en el bosque como Phil Dunphy, de Modern Family. Ningún hecho traumático, simplemente que no me dan tranquilidad y esa desconfianza fue derivando poco a poco en miedo.


Recuerdo un día de Halloween de hace muchos años que iba por la calle con el que entonces era mi novio y unos amigos. Nos cruzamos con un grupo de tíos disfrazados de payasos y a mi ex se le ocurrió que era una idea brillante decirles que a mí me daban mucho miedo y que me persiguiesen. Eso hicieron y yo recuerdo sentir mucho miedo pero a la vez ridículo porque sabía que no era más que gente disfrazada y que no debían darme miedo. Aunque, eso es lo que son los payasos siempre, ¿no? Gente disfrazada. Quizás un asesino en serie, pero siempre alguien disfrazado.


Ese año, además, salía en las noticias un montón de casos de asaltos por la calle (en EEUU, sobre todo) por parte de personas disfrazadas de payasos. O sea, imagínate el miedo que tenía con esos tíos persiguiéndome. Yo que sé, cositas que una las piensa con los años y dice “¿cómo puede ser que esa persona no fuese mi ex antes?”


Para ver en qué año fue exactamente he buscado noticias en las que salen un montón de fotos de payasos que son malísimas para mi corazón y el perfil de Instagram de un tío disfrazado de conejo que siembra el pánico por Málaga y lo cuelga en internet. O sea, ¿qué está pasando?


Me llama la atención que también he encontrado artículos en los que hablan del miedo a los payasos y se acompañan de imágenes de payasos. ¿Esa gente, qué toma? ¿Por qué hacen eso? Es que no estoy a salvo en ninguna parte, ahora temo encontrarme un maldito conejo gigante al bajar la basura.



Otro miedo que tengo desde siempre es el del agua. Tiene un nombre científico y largo que es Talasofobia y que se define como el miedo persistente a estar próximos a grandes masas de agua. En mi caso, es más bien estar dentro. Me aterroriza no ver el fondo, no tocar con los pies el suelo, no saber qué hay abajo.


Recuerdo que de pequeña montaba en Kayak en el lago de la Casa de Campo de Madrid y era tal el miedo que tenía a caerme al agua que me esforzaba muchísimo por no volcar nunca. Una vez me tiraron y entré en pánico. Recogí las piernas contra el cuerpo, traté de mantenerme a flote con los brazos y lloré. Es una técnica un poco regular pero me sacaron del agua.


Este miedo no nació conmigo, recuerdo perfectamente la primera vez que lo sentí. Era yo pequeña (¿5 o 6 años? No sé, quizás alguno más) y estaba con mi familia veraneando en La Manga. Habíamos alquilado una barca de pedales de las que tienen un tobogán, como casi cada verano. Nos metimos en el mar con ella, no recuerdo quién pedaleaba pero serían mis padres o mi primo. El caso es que yo no tenia miedo al agua, lo sé porque iba sentada en lo alto del tobogán mientras navegábamos (si se le puede llamar navegar a lo que hace esa cosa).


Recuerdo ver todo desde arriba, ver el mar y las cabezas de mi familia. Me sentía altísima sin ser nada de eso yo. En La Manga, o al menos en la zona en la que veraneábamos nosotros, pasaba una cosa con las algas. Tú te metías en el Mar Menor y, aparte de no cubrirte hasta que caminases 10 kilómetros hacia dentro, no había grandes zonas de algas. Sin embargo, había una especie de línea invisible que separaba la zona de “solo arena” de la de “algas”. Coincidía con que era una zona en la que yo ya no hacía pie, así que siempre la evitaba. Sé nadar pero no destaco mucho por mis habilidades motrices así que intento estar siempre donde sepa que no corro el más mínimo peligro. Así de aventurera soy, chica.


Total, que traspasamos esa línea invisible y nos adentramos en la zona de algas. Al ser más profunda y estar llena de plantas, desde fuera se veía muy oscuro. En la zona de arena, podías ver piedras y conchas pero en esa había oscuridad total.


Pararon de pedalear y nos quedamos flotando encima de toda esa oscuridad. Escuché cómo mi familia hablaba de saltar de la barca y de tirarse por el tobogán, pero yo estaba sentada encima del tobogán. Me empezaron a decir que me dejase caer, que me deslizase hacia el agua pero yo, evidentemente, no quería. ¿Quién querría meterse de lleno voluntariamente en la oscuridad más absoluta?


Empecé a moverme para bajar del tobogán por las escaleras pero entonces sentí una mano en la parte baja de mi espalda. No sé de quién era la mano pero sentí que era gigantesca mientras me empujaba para que cayese por el tobogán. Recuerdo a la perfección el pequeño viaje por el tobogán, cómo se iba acercando el agua, cómo no tenía nada a lo que agarrarme para no caer.


Caí al agua y me sumergí entera, otra cosa que no me gustaba mucho porque luego me escocían los ojos por la sal y me entraba agua por la nariz. No soy un ser humano muy hábil, ya te lo he dicho. Y si sentí miedo al caer por el tobogán, no tuvo nada que ver con el miedo que sentí al estar dentro del agua. Cuando saqué la cabeza y vi lo que me rodeaba, toda esa oscuridad, ningún sitio donde agarrarme ni donde apoyar los pies, te juro que en ese instante supe que iba a recordar ese momento para siempre. Y sí que lo hice.


Nadé hacia la escalerilla en la parte trasera de la barca, me subí y me senté donde pude el resto del paseo. Esa fue la última vez que monté en una barca de pedales por la zona de algas. Mi familia se lo pasó muy bien y, entiéndeme, no les responsabilizo por lo que pasó. Ellos no se darían ni cuenta porque en sí fue algo muy tonto que no tendría por qué asustar a nadie.



Creo que hay miedos que es fácil ver dónde se originan pero hay muchos otros que surgen casi sin hacer ruido en situaciones totalmente “normales”. Aquella era una excursión en familia con una barca de pedales por el Mar Menor, o sea no me imagino nada más inocente, pero a mí me causó un miedo horrible que me acompaña hasta el día de hoy. Es posible que ellos ni recuerden ese día porque fue uno más en el amalgama de nuestras vacaciones.


Creo que mi relación con el agua nunca ha sido muy buena, me enseñaron a nadar sin que me gustase nada y recuerdo muchas escenas de aquellas clases en las que sólo tengo en la memoria el miedo, ninguna cara, nada salvo la sensación de miedo. De hecho, mis padres tienen un vídeo de mí en la piscina con mi madre intentando enseñarme a nadar y yo gritando mientras lloraba “te voy a denunciar a la policía”. No me gustaba el agua, no me gusta hoy y siempre he sido rápida para llamar a la policía si hacía falta (con mejor o peor resultado).


Aparte del miedo al agua y a los payasos, creo que no tengo ningún otro. La oscuridad no me gusta, pasear sola por la calle de noche no me gusta, las arañas no me gustan, pero nada me paraliza como esos dos (especialmente el agua).


Y son miedos que tengo desde hace muchos años y me siguen acompañando porque no he hecho nada para superarlos, la verdad. Creo que si esos miedos me atormentasen en mi día a día, tendría la responsabilidad de ponerles freno.


Por ejemplo, si yo trabajase en un circo (cosa que dudo porque el miedo a los payasos no es nada en comparación al miedo que le tengo a la explotación animal que hay en los circos) necesitaría tratar mi fobia a los payasos para poder ir a trabajar. Sería un miedo que me imposibilita la vida, al igual que si fuese marinera.


En el momento en que tus miedos interfieren en algo tan básico como tu día a día creo que es cuando hay que plantearse hacer algo. La terapia sería el primer paso que yo daría, sin duda, pero ya no solo para facilitarme la vida a mí misma, sino porque no puedo pretender que el mundo se adapte a mí.

Si tuviese en mis día a día alguna situación que incluyese los miedos de los que te he hablado, sería fácil evitarla o intentar que el resto del mundo cambie. Evitar algo siempre va a ser más fácil que afrontarlo, creo yo. Pero no me puedo pasar la vida evitando algo inevitable.


Puedo vivir perfectamente sin ir a circos ni ver películas de payasos asesinos, o sin montar en una barca de pedales totalmente inestable que te promete un paseo pero en la que en realidad vas a sudar la gota gorda pedaleando bajo el sol. Puedo prescindir de esas cosas perfectamente, a verdad.


Pero, por ejemplo: imagina que me diesen miedo los perros. Vale, puedo no vivir con perros y lis, ¿no? Pues no, porque muchas personas (y, afortunadamente, cada vez más) viven con perros y pasean con ellos por las mismas calles que yo. No puedo pretender que nunca jamás se me acerque un perro o que pase cerca y ladre por lo que sea. Me parece egoísta pretender que las personas con perro tengan que estar pendiente de si a mí me da o no miedo algo tan inofensivo como su perro.


Un oso pardo está bien que te dé miedo, un león, un tiburón. Ok. Es instinto de supervivencia.

¿Un caniche? Hombre, pues no creo.


Ojo, no invalido ningún miedo. Tú tienes derecho a sentirlo y es completamente legítimo. Lo que no creo que esté bien es pretender que el mundo entero conozca tu miedo y procure que nunca te expongas a él. Creo que es muchísimo más sencillo que tú, que sientes ese miedo en tu día a día, lo trates para que desaparezca o que, al menos, te permita vivir tranquila.



Con este mismo ejemplo del miedo a los perros, mi amiga me contaba que Amarna Miller les tiene pánico pero que en lugar de refugiarse en ese miedo y esperar no encontrarse con ningún perro nunca en su vida, lo que hizo me parece muy inteligente.


Habló con educadores caninos que le contaron cómo evitar llamar la atención de un perro y qué hacer cuando se le acercasen. Me parece buenísima idea porque aunque a ella le den miedo, hay muchos perros (entre los cuales incluyo a mi querida Watson) que se acercan a ti solo por curiosidad, para saludarte y que les acaricies porque están acostumbrados a que la gente les trata bien. Ellos no entienden que pueden provocarte miedo (mucho menos asco, pero de esa gente hablamos otro día).


Entender nuestros miedos y tratarlos si lo necesitamos creo que es importantísimo para vivir mejor, tanto nosotras como la gente de nuestro alrededor. Nuestro miedos son nuestros y es nuestra responsabilidad cuidarles, darles de comer o aniquilarlos si podemos para que nos permitan vivir y dejar sitio a miedos nuevos, que con lo mal que está el mundo seguro que tenemos dónde elegir.








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